A todos los amantes de la literatura en sus distintas formas o variantes...
RECUERDOS QUE PASAN [Mi poema]
Patricio de la Escosura [Poeta sugerido]
MI POEMA... de medio pelo |
De la vida voy pasando, ¡Cuán corta ha sido la espera ¡Oh aquellos tiempos felices Atrevidos mozalbetes Soñadores sin soñar Ahora de otoño el ocaso |
MI POETA SUGERIDO: Patricio de la Escosura
El beso
Levantan en medio de patio espacioso
cadalso enlutado, que causa pavor;
Un Cristo, dos velas, un tajo asqueroso
encima; y con ellos, el ejecutor.
Entorno al cadalso se ven los soldados,
que fieros empuñan terrible arcabuz,
a par del verdugo, mirando asombrados
al bulto vestido de negro capuz.
¿Qué tiemblas, muchacho, cobarde alimaña?
Bien puedes marcharte, y presto a mi fe.
Te faltan las fuerzas, si sobra la saña;
por Cristo bendito, que ya lo pensé.
Diez doblas pediste, sayón mercenario,
diez doblas cabales al punto te di.
¿Pretendas ahora negarte, falsario,
la gracia que en cambio tan sola te pedí?
Rapaz, no por cierto, ¡creí que temblabas!;
bien presto al que odias verásle morir.
Y en esto, cerrojos se escuchan y aldabas,
y puertas cerradas se sienten abrir.
Salió el comunero gallardo, contrito,
oyendo al buen fraile que hablándole va;
enfrente al cadalso miró de hito a hito,
más no de turbarse señales dará.
Encima, subido, de hinojos postrado,
al MARTIR POR TODOS ORÓ con fervor;
después sobre el tajo grosero inclinado:
El golpe de muerte, clamó con valor.
Alzada en el aire su fiera cuchilla,
volviéndose un tanto con ira el sayón,
al triste que en vano lidió por Castilla,
prepara en la muerte cruel galardón.
Más antes que el golpe descargue tremendo
veloz cual pelota que lanza arcabuz,
se arroja al cautivo ¡García!, diciendo,
el bulto vestido de negro capuz.
¡Mi Blanca!, responde, y en un beso, el postrero,
se dan, y en el punto la espada cayó.
Terror invencible sintió el sayón fiero
cuando ambas cabezas cortadas miró.
El caminante
El sol a Occidente su luz ocultaba,
de nubes el cielo cubierto se vía,
furioso en los pinos el viento bramaba,
rugiendo agitado Pisuerga corría.
Soberbia Simancas sus muros ostenta,
burlando la saña del fiero huracan.
Mas ¡ay del cautivo, que mísero cuenta
las horas de vida por siglos de afan!
Por medio del monte, veloz cual la brisa,
cual sombra medrosa, cual rapida luz,
un bulto, que apenas la vista divisa,
camina encubierto con negro capuz.
Mudado el semblante, la vista azorada,
sollozos amargos lanzando sin fin,
la madre invocando de Dios adorada,
de hinojos se postra del río al confín.
Del ave nocturna la voz agorera
de encima el castillo se deja escuchar:
relampago rojo, con luz pasajera,
las densas tinieblas haciendo cesar.
«¡Dichoso mil veces¡, el mísero exclama,
¡dichoso, murallas, que en fin os miré¡»,
y al punto, inflamado de súbita llama,
el rezo dejando se pone de pie.
La Prisión
«Muchos, repetidos, muy graves pecados
los hombres hicieron y Dios se enojó:
en pena, de libres que fueron creados,
esclavos los hizo; tiranos les dio».
«¡Tiranos! con ellos, cadenas, prisiones,
castillos y guerras y el potro crüel:
¡Tiranos! con ellos, rencor, disensiones…
¡Tremenda es la ira del Dios de Israel¡»
«Castilla, hijo mío, sintió el torpe yugo,
y a fuer de briosa lo quiso arrojar.
En vano: ayudarnos al cielo no plugo:
Padilla el valiente cayó en Villalar».
«Nosotros, Alfonso, también moriremos;
también nuestra sangre vertida será.
¡Qué importa! Muriendo felices rompemos
las férreas cadenas que el mundo nos da».
Acuña, el obispo, patriota esforzado,
aquel que al tirano no quiso acatar,
el cuerpo de indignas cadenas cargado,
cual cumple a los libres acaba de hablar.
En pie, silencioso, con aire abatido,
mancebo, que apenas seis lustros cumplió,
le escucha; y responde con hondo gemido,
que el eco en la torre fugaz repitió:
«¡Tan bravo en las lides¡» Acuña le dice:
«¡Tan bravo y cobarde también al morir!»
«Teneos, obispo: muriendo es felice
quien sólo en cadenas espera vivir».
«Morir es mas dulce que ver, como he visto,
caer a Padilla y a ciento con él».
«Yo burlo la muerte, mas, ¡ay¡, no resisto
de amor a los tiros, fortuna cruel».
Oyóle el obispo con pena y callóse:
maguer que, ordenado, tiene corazón;
lagrima furtiva al ojo asomóse;
el joven su mano besó con pasión.
El Soldado…
La noche era entrada, lluviosa y oscura:
un trueno a otro trueno continuo seguía;
velando, cubierto de fuerte armadura,
la noche, un soldado, feroz maldecía.
El puente guardaba, la puerta y rastrillo,
con fuego y espada, y agudo puñal;
ninguno a llegarse se atreva al castillo,
o tema aquel brazo probar en su mal.
Con planta ligera el puente atraviesa
el bulto vestido del negro capuz:
«Detente», el soldado gritándole apriesa,
le pone a los pechos su enorme arcabuz.
Mas él, sin turbarse, «Soldado, replica,
¿qué gloria matando pensáis conseguir
a un mozo perdido, que asilo suplica
do pueda esta noche tan sola dormir?»
«Mancebo, ¿quién eres?» «Un huérfano soy;
guardián del castillo, yo soy trovador».
«Tal casta de gentes de sobra anda hoy:
marchad noramala, maldito cantor».
Lloraba el mancebo: dolor era oílle;
votaba el soldado que hacía temblar.
El uno: «Doleos», tornaba a decille;
el otro: «¡Demonio¡, ¿te quieres marchar?»
En tanto a torrentes el cielo llovía,
y un rayo no lejos del puente cayó:
invoca el soldado temblando a María;
inerte a sus plantas al huérfano vio.
«¡Mal hora los diablos aquí te trajeron!…
Apenas respira… ¡Cuitado rapaz!
Muy tierna crianza tus padres te dieron;
mas horas tuviste que yo de solaz».
La Trova
En sucio y estrecho paraje y oscuro,
ardiendo en el centro su medio pinar,
sentados en torno del fétido muro,
como diez soldados se pueden contar.
Un hombre con ellos de pardo vestido,
hercúleas formas, de rostro brutal,
los ojos de tigre, mirando torcido:
parece ministro del genio del mal.
Al par de aquel hombre, se ve suspirando
el rostro de un niño, de un ángel de luz:
verdugo el primero que estamos mirando,
el otro es el bulto del negro capuz.
«Que cante, que cante», le mandan a coro
las férreas figuras que en torno se ven;
lanzando un bramido terrible, cual toro,
«que cante», el verdugo repite también.
Quisiera el mancebo primero que al canto
dar rienda a la pena, que muere de afán;
mas fuerza le manda; y enjuga su llanto;
y canta; y de muerte sus cantos seran.
Trova
En medio de un monte fragoso
entre encinas colosales
de años ciento,
templo antiguo ya ruinoso
cercado de matorrales
tiene asiento.
– – –
Aquí con su canto llegaba el mancebo,
un fraile que pasa le manda callar.
«¿Cantáis, y no lejos tenéis al que debo
por la vez postrera, triste, confesar?».
El fraile acabando siguió su camino:
callose el mancebo; y el tigre exclamó:
«Razón tiene el padre; sin ser adivino,
estoy persuadido de lo mismo yo».
«Cualquiera al mirarte, responde un soldado,
llegar a Simancas, pensara algún mal».
«¡Un mal, por mi vida, Fortún, que has errado:
mañana a mis manos muere un desleal».
«Alfonso García, famoso caudillo
que de Comuneros en Toledo fue,
mañana en los filos de aqueste cuchillo
por sus buenas obras hallara mercé».
«¿Mañana le matan?, con ansia pregunta,
¡mañana¡, el que el canto festivo entonó:
¡Mañana! ¡Es posible¡, y el alba despunta…
Verdad es: entonces hoy mismo murió».